Mostrando las entradas con la etiqueta En La Luz de La Verdad - Tomo I. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta En La Luz de La Verdad - Tomo I. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de diciembre de 2022

34. EL LENGUAJE DEL SEÑOR

 

34. EL LENGUAJE DEL SEÑOR


ES UN DEBER SAGRADO para el espíritu humano averiguar por qué vive en la Tierra, y, en general, en la Creación, en la que está como suspendido mediante miles de hilos.

Ningún hombre se considera tan insignificante como para imaginar que su vida carezca de objetivo, a menos que él mismo no le de sentido. Pero para eso se considera demasiado importante. Y, sin embargo, muy pocos hombres terrenales consiguen, tras laborioso esfuerzo, liberarse de su pereza espiritual hasta el punto, en que les sea posible ocuparse seriamente de investigar cuál es su verdadero deber en la Tierra.

 Del mismo modo, es sólo debido a esa pereza espiritual que aceptan dócilmente las doctrinas rígidas concebidas por otros, y ella es también la causa de que se tranquilicen pensando que es algo muy grande profesar la misma fe que sus padres, sin someter los principios básicos contenidos en ella a un examen personal, preciso y riguroso.

A tal respecto, los hombres se ven apoyados con celo por las instituciones interesadas y egoístas, que pretenden ver en el aumento del número de sus adeptos el mejor medio de extenderse y de consolidar su influencia, acrecentando así su poder.

Esas instituciones están muy lejos del verdadero conocimiento de Dios, pues, de lo contrario, no atarían al espíritu humano con las cadenas de una doctrina rígida, sino que deberían enseñarle a asumir la responsabilidad que Dios le ha asignado, la cual se basa en la libertad absoluta de decisión del espíritu. Sólo un espíritu libre en ese aspecto puede llegar a alcanzar el verdadero conocimiento de Dios, ese conocimiento que madura en él hasta quedar poseído de la convicción más absoluta, indispensable a quien quiera elevarse hacia las cimas luminosas. Pues sólo una convicción libre y sincera puede ayudarle a tal fin. –

¡Pero vosotros, oh hombres, qué habéis hecho! ¡Cómo habéis osado poner trabas a la más sublime de las Gracias divinas! ¡De una manera sacrílega, habéis impedido que pudiera desarrollarse, y que su ayuda abriera a los seres humanos aquel camino que había de conducirlos, con seguridad, a la paz, a la alegría, a la felicidad suprema!

Reflexionad: Tanto en la elección, en la aceptación como en la obediencia reposa una decisión personal pese a que, como consecuencia de la pereza espiritual, se manifieste quizás en forma de costumbre o hábito general. Esta decisión personal acarrea, según las leyes de la Creación, responsabilidades individuales para la persona que así actúa.

Naturalmente, los que incitan al espíritu humano a una actitud tal, incurren en una inevitable e irrevocable responsabilidad propia. Ni el menor pensamiento, ni el menor acto puede ser borrado de la Creación sin provocar repercusiones de su misma naturaleza, pues, en el telar de la Creación, van tejiéndose, sin error posible, tanto para los individuos como para las masas humanas, aquellos hilos que esperan las repercusiones definitivas que sus promotores, es decir, los que los hicieron nacer, tendrán que acoger finalmente, ya sea en forma de dolor o de alegría, según el carácter que hayan dejado impreso en dichos hilos en el momento de ser creados, sólo que ahora con un efecto más amplio e intenso.

Estáis suspendidos de los hilos tejidos por vuestra propia volición, por vuestros propios actos, y no quedaréis libres de ellos, hasta que estos no se desprendan de vosotros al surtir sus efectos finales.

De todos los seres de la Creación, el espíritu humano es el único que posee un libre albedrío, hecho que hasta ahora él no ha podido ni explicarse ni comprender, pues no puede encontrar, dentro de los estrechos confines de su intelectualismo analítico, ningún punto de referencia que pueda aportarle la prueba evidente.

Su libre albedrío reside únicamente en sus decisiones, que pueden ser tomadas, en efecto, cada hora en número considerable. Pero él queda sometido de forma ineludible a las consecuencias que se deriven de cada una de ellas, debido a la acción independiente de las leyes de la Creación. En eso consiste su responsabilidad, inseparablemente unida a la garantía de tener libre voluntad de decisión, característica propia del hombre e inherente a él.

Si no fuera así, ¿dónde residiría la Justicia Divina, sólidamente anclada en la Creación, y que es el pilar, el equilibrio y la conservación de todo su funcionamiento?

No obstante, en Sus efectos, esa Justicia no siempre tiene en cuenta el corto espacio de tiempo que constituye para el espíritu humano una sola existencia terrenal, sino que ahí reinan otras condiciones muy diferentes, como bien saben los lectores de mi Mensaje.

Sucede a menudo que por vuestras decisiones, tan ligeramente tomadas, recae sobre vosotros la desgracia y se la imponéis a veces a vuestros hijos. Incluso si os mostráis demasiado indolentes para hacer el esfuerzo de decidir por vosotros mismos según vuestra más profunda intuición, dejando a un lado todo lo aprendido y preguntándoos si cada palabra, a la que os habéis adherido pudiese encerrar en sí la Verdad, no deberíais dejar que recaigan sobre vuestros hijos las consecuencias de vuestra indolencia, arrastrándolos así a la desgracia.

Lo que, en un caso, es consecuencia de la pereza espiritual, en otro es el resultado del intelecto calculador.

La humanidad se encuentra encadenada por estos dos enemigos de la libertad de resolución del espíritu, a excepción de unos pocos, que se esfuerzan en concentrar todo su valor para romper en su interior esas ligaduras y llegar así a ser hombres verdaderos, tal como debería ser al vivir según las Leyes de Dios.

Las Leyes divinas son en todo verdaderas amigas; son dones procedentes de la Voluntad Divina, que sirven de ayuda para abrir el camino de la salvación a todo el que se esfuerce en acatarlas. ¡Para tal salvación no existe otro camino que el indicado claramente por las Leyes divinas en la Creación! La Creación entera es el Lengua je de Dios, lenguaje que tenéis que esforzaros seriamente en descifrar y que no es tan difícil como lo pensáis.

Vosotros pertenecéis a esta Creación, sois una parte de ella. Por consecuencia, tenéis que vibrar a su mismo ritmo, obrar en ella, recibir sus enseñanzas, alcanzar vuestra madurez y, con el conocimiento adquirido, ascender cada vez más, escalón tras escalón, arrastrando con vosotros en la irradiación todo aquello que, a lo largo de vuestro camino, entre en contacto con vosotros para ser ennoblecido.

Espontáneamente se sucederán a vuestro alrededor maravilla tras maravilla, las cuales, actuando en reciprocidad sobre vosotros, os irán elevando constantemente.

Aprended a reconocer vuestro camino en la Creación; así conoceréis también cuál es el fin de vuestra existencia. ¡Quedaréis repletos de una alegría rebosante de gratitud, y de la más grande felicidad que pueda ser experimentada por el espíritu humano, una felicidad que radica únicamente en reconocer a Dios!

Pero esa felicidad nunca podrá surgir, y mucho menos florecer, de una fe ciega e impuesta; sólo un saber basado en la convicción, una convicción alcanzada a través del conocimiento, puede proporcionar al espíritu lo que necesita.

¡Vosotros, hombres de la Tierra, estáis en esta Creación para encontrar la felicidad; para encontrarla en el Lenguaje con que Dios os habla vivamente! Comprender ese Lenguaje, aprenderlo, sentir intuitivamente por medio de él la Voluntad Divina, esa es la finalidad de vuestro peregrinaje a través de la Creación. ¡En la Creación misma, de la que vosotros formáis parte, se encuentra la explicación del sentido de vuestra existencia y, al mismo tiempo, el conocimiento de vuestra meta! De otro modo no podréis encontrar nunca ni lo uno ni lo otro.

Esto exige de vosotros que viváis la Creación. Pero para vivirla o experimentarla en vosotros, es preciso, en primer lugar, conocerla real mente.

¡Con mi Mensaje os abro el Libro de la Creación! El Mensaje os indica claramente el Lenguaje de Dios en la Creación, ese Lenguaje que tenéis que aprender a comprender a fin de que pueda llegar a ser enteramente vuestro.

Imaginad un niño sobre la Tierra, que no pudiera comprender a su padre o a su madre, por no haber aprendido nunca el lenguaje en el que éstos le hablan. ¿Qué puede llegar a ser un niño así?

Como es natural, no sabrá lo que quieren de él, incurrirá en uno y otro error, le sobrevendrá desgracia sobre desgracia, acabando quizás por no poder ser útil en la Tierra, incapaz de sentir cualquier alegría terrenal.

¿No tiene que aprender cada niño solo y por sí mismo el lenguaje de sus padres, si es que quiere llegar a ser algo? ¡Nadie puede evitarle ese trabajo!

Si no lo hace, quedará siempre desorientado, nunca podrá madurar y obrar en la Tierra; será siempre un obstáculo, un peso para los demás y tendrá finalmente que ser apartado para que no provoque mayores daños.

¿Esperáis acaso otra cosa para vosotros mismos?

Tenéis la obligación evidente e ineludible de cumplir para con Dios, lo mismo que ese niño: el deber de aprender a entender Su Lenguaje, si queréis obtener Su ayuda. Pero Dios os habla por medio de Su Creación. Si queréis progresar en ella, primeramente tenéis que reconocer este, Su Lenguaje. ¡Si lo descuidáis, seréis apartados de los que lo conocen y obran según él, pues, de lo contrario, les perjudicaréis y seréis un obstáculo, tal vez sin quererlo realmente!

¡Así, pues, sois ahora vosotros los que tenéis que hacerlo! No lo olvidéis, y preocupáos desde ahora en cumplir ese deber; si no quedaréis abandonados, sin ayuda posible, a todo lo que os amenaza.

¡Mi Mensaje será para vosotros un guía fiel!


* * *


Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

* * *

Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio


33. ¡Salvación! ¡Redención!

 

33. ¡Salvación! ¡Redención!

¡Salvación! ¡Redención! ¡Cuántas veces se han hecho los hombres una falsa idea de estas palabras, al pretender ver en ellas una ayuda incondicional procedente de la Luz, excluyendo la Santísima Justicia! Reside en esto una aberración total que se manifiesta hoy en todo lo que concibe la mente humana. Los hombres pretenden hacer de Dios un esclavo siempre dispuesto a ayudarlos, que está ahí sólo para el bienestar de las insignificantes criaturas humanas.

Preguntaos a vosotros mismos a tal respecto, esclareced vuestros pensamientos sin buscar excusa, investigad objetivamente en lo más profundo de la cuestión, y, entonces, no os quedará más remedio que reconocer que todos vuestros pensamientos sólo giraban en torno a la idea de que Dios, respondiendo a vuestras plegarias, os tiene que servir constantemente, ayudándoos en el cumplimiento de vuestros deseos.

Cierto que a esa actitud no le asignáis el nombre que le corresponde por la naturaleza de vuestro comportamiento, sino que, como siempre, disimuláis vuestra errónea voluntad, os cubrís con la capa de una humildad aparente y no pedís que Dios os sirva, sino que os “conceda”. ¡Pero esto no cambia en nada el hecho de que todo vuestro comportamiento, incluso cuando rezáis, está inspirado en el mal, y no puede ser grato a Dios!

Sed sinceros por una vez con vosotros mismos, y temblad al reconocer lo que fue hasta ahora vuestra actitud ante Dios: obstinados, arrogantes, insaciables e hipócritas, a causa de vuestra superficialidad, no pensando en Él más que en la necesidad y en el dolor, para que os librara de las consecuencias de vuestra conducta, sin haberos preguntado nunca si vuestras decisiones estaban de acuerdo con Su Voluntad.

¡Qué sois vosotros, oh hombres, en comparación con la Omnipotencia y la Majestad del Señor, de quien pretendéis que reine según vuestra complacencia! ¡Con qué presunción osáis imponer en la Tierra esas leyes procedentes de vuestra estrecha forma de pensar, que no se ajustan en nada a las Leyes Divinas que Él puso en Su Creación! Muchas veces intentáis hacer prevalecer vuestra falsa voluntad haciendo uso de astucias y de una perversa mentalidad, inexcusables ante los ojos de Dios; ocasionáis daños a vuestro prójimo para poder sacar ventajas para vosotros mismos, tales como dinero, riquezas, o la reputación ante aquellos, para quienes obráis así.

Ahora recaerá todo eso sobre vosotros, como si fuera una montaña que se derrumba; pues ni una sola de vuestras malas acciones puede quedar impune, según la Ley del efecto recíproco, a menos que os liberéis vosotros mismos de ellas, enmendando vuestra voluntad hacia el bien.

¡Los obstáculos que impiden aún la caída del conjunto de castigos que se han acumulado, serán arrancados de cuajo! Inconteniblemente se precipita todo sobre la humanidad terrenal, que pretende permanecer en su pereza de espíritu y en su vanidad, a fin de imponer su voluntad, la cual, hace tiempo que está en desacuerdo con la Voluntad de Dios.

¡Sin embargo, eso será el fin del reino de las tinieblas sobre la Tierra! ¡Se desplomará arrastrando consigo, en su caída, a todos los hombres que se hicieron sus cómplices!

¡Más en medio del estruendo abrumador producido por las catástrofes, resuena la Palabra! ¡Victoriosa recorre la Tierra, para salvación de todos los que se esfuerzan verdaderamente en ello!

¡Esto implica la condición de que todo hombre tiene que esforzarse por sí mismo para reconocer que la Palabra del Señor es la salvación! Si, por escepticismo, deja pasar esta última posibilidad sin poner todo su afán para aprovecharse de ella, nunca más se le volverá a presentar la ocasión, y el momento de alcanzar la redención por medio de la Palabra quedará perdido para él por toda la eternidad.

Sólo hallará salvación y redención en la Palabra que él debe acoger, a fin de que, viviendo conforme a ella, quede libre de las ligaduras que le retienen, a causa del desconocimiento y la deformación de los verdaderos conceptos.

Lo que más os ha envenenado y más peligros os ha traído es la falsa idea que tenéis del Amor de Dios, al cual habéis intentado despojar de toda frescura, de toda fuerza y de toda claridad, para, en vez de eso, cubrirlo con una blandura malsana y con una indulgencia perjudicial, que tenían que hundiros a todos en la pereza espiritual, ocasionando así vuestra perdición.

¡Guardaos de la desastrosa deformación del concepto del Sagrado Amor Divino! ¡Esa deformación os hará caer en una somnolencia agradable al principio, pero que se convierte después en sueño mortal!

No existe Amor verdadero en una indulgencia y bondad que todo lo perdona. Al contrario, este error es como una droga que sume al espíritu en un estado de aletargamiento, lo debilita y acaba por paralizarlo totalmente, provocando así la muerte eterna, al no ser posible ya que despierte en el momento preciso.

Sólo la severa frescura de la Pureza Divina puede perforar vuestra somnolencia y abrir al verdadero Amor el camino que lleva hacia vuestro espíritu. ¡La Pureza es severa! No admite ni pretextos ni excusas. Por eso les parecerá desprovista de toda consideración a muchos hombres que no buscan más que engañarse a sí mismos. Pero, en realidad, sólo hiere allí donde algo no está en orden.

La blandura os ocasiona daños a vosotros mismos y a los que pretendéis complacer. Un día seréis juzgados por un Ser superior en nombre de una Justicia que, en el transcurso del tiempo, se ha convertido para vosotros en una cosa extraña, por vuestra propia culpa, ya que vosotros fuisteis los que os alejasteis de ella.

Es la Justicia Divina inmutable por toda la eternidad, independiente de la opinión de los hombres, indiferente a sus simpatías, su odio, su maldad y su poder. Es todopoderosa, porque proviene de Dios.

¡Si no empleáis todas vuestras fuerzas en libraros de todo lo viejo, nunca podréis llegar a comprender esa Justicia! ¡Tampoco podréis renovaros interiormente! Y sólo el hombre nuevo que permanece fiel a la Palabra de Vida y aspira a la Luz, recibe las ayudas necesarias para poder pasar un Juicio de Dios.

¡El hombre tiene que ayudarse a sí mismo mediante la Palabra que le indica los caminos a seguir! ¡Sólo así podrá encontrar la redención, no podrá participar de ella de otra forma! ¡Tiene que fortalecerse en la lucha que mantiene por su propio bien, de no ser así, perecerá fatalmente!

Despertad y enfrentad la lucha en contra de las tinieblas; entonces la fuerza salvadora os será dada por añadidura. Los débiles, por su parte, perderán la poca fuerza que poseían, ya que no saben valerse de ella como corresponde. Quedarán privados así de lo poco que tenían, según la Ley de la atracción de las afinidades, afluyendo la fuerza hacia los que la utilizan con empeño y de correcta manera. Se cumplen así las palabras de muy antiguas profecías.



* * *


Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

* * *

Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio

32. EL EXTRAÑO

 

32. EL EXTRAÑO

LA OSCURIDAD SE EXTENDÍA de nuevo sobre la Tierra. Triunfante, su sombra se abatía sobre los hombres, cerrándoles el camino que conduce al Reino espiritual primordial. La Luz de Dios se había alejado de ellos. El cuerpo que había sido receptáculo terrenal estaba pendiente de la cruz, sangriento, desgarrado, víctima de la oposición de aquellos a quienes la Luz quería aportar bienaventuranza y sagrada paz.

En la cima más alta de la Creación, en la radiante proximidad de Dios, se yergue la Mansión del Grial, el Templo de la Luz. En él reinaba una gran aflicción por los espíritus humanos confundidos en las profundidades, que, en su ciega pretensión de querer saberlo todo mejor, se cerraron hostilmente a la Verdad, dejándose azotar por las tinieblas, rebosantes de odio, hasta llegar por último a cometer el crimen contra el Hijo de Dios. La maldición así creada por la humanidad, se extendió pesadamente sobre todo el universo, empujándolo hacia una estrechez de comprensión cada vez más grande. –

Desde lo alto de la Mansión del Grial, un adolescente contemplaba con grave asombro este acontecimiento tan monstruoso… Ese adolescente era el futuro Hijo del Hombre. Ya en aquel tiempo estaba en curso su preparación, la cual exigió miles de años, pues debía estar bien pertrechado para descender a esos abismos, en donde, por voluntad de los hombres, reinaban las tinieblas.

Una mano femenina se posó dulcemente sobre los hombros del soñador. La Reina de la Feminidad estaba a su lado, y le habló con una aflicción llena de amor:

“Deja que estos hechos te impresionen, querido hijo. Así es el campo de batalla que te será preciso recorrer en la hora del cumplimiento; pues, ante los ruegos del Salvador asesinado, Dios Padre accedió a que, una vez más, sea anunciada por ti Su Palabra a los réprobos, ¡a  fin de que puedan salvarse los que quieran escucharla!”

El adolescente bajó la cabeza silenciosamente, y, en ardiente plegaria, pidió que le fueran dadas fuerzas, pues la resonancia del inmenso Amor Divino vibraba intensamente en Él.

El anuncio de esta última y nueva oportunidad de gracia se extendió rápidamente a través de todas las esferas. Numerosas almas imploraron a Dios que les concediese poder colaborar en la gran obra de redención de todos aquellos que aún querían encontrar el camino que conduce hacia Dios. El Amor de Dios Padre concedió esto a unas cuantas almas, cuya ascensión de esta manera se veía beneficiada. Poseídos de un gozo lleno de gratitud, esa legión de privilegiados prestó con júbilo un juramento de fidelidad en el cumplimiento de los deberes concedidos.

Así fueron preparados aquellos llamados que más tarde debían ponerse a disposición del Enviado de Dios, cuando llegase el momento de cumplir su Misión sobre la Tierra. Con gran esmero fue cuidada su evolución encaminándola a tales fines, y, a su debido tiempo, se encarnaron en la Tierra, de forma que pudiesen estar dispuestos a la hora de ser llamados, siendo su primer deber estar atentos a esa llamada.

Entretanto, el legado del Hijo de Dios asesinado, Su Palabra viva, fue objeto de abuso en la Tierra, no siendo empleada más que para fines egoístas. Faltaba a los hombres toda noción de los verdaderos principios de Cristo. Se entregaron, por el contrario, a un amor servil tan erróneo y terrenal, que acabaron por desechar todo lo demás como no procedente de Dios. Incluso hoy día siguen rechazando y combatiendo todo lo que no muestre esa repugnante blandura que ellos tanto desean, todo lo que no profese, como ellos, ese culto a lo humano, tan malsano y esclavizante.

Todo lo que no tiene por base la aceptación del principio de la soberanía humana, se califica sencillamente de falso y ajeno a la Palabra de Dios. Pero, bajo tal actitud, no se oculta, en realidad, más que la inquieta preocupación, hace tanto tiempo presentida, de que pueda ponerse al descubierto la nulidad de su falsa estructura.

¡Tal ha sido lo que han hecho del legado sagrado del Hijo de Dios! Bajo condiciones tan denigrantes, fueron reclutando adeptos, hasta que fue posible desplegar un cierto poder terrenal, única finalidad que perseguían. No obstante, por sus bestiales crueldades, se puso enseguida de manifiesto, que los portadores de los mal comprendidos principios de Cristo estaban muy lejos de entenderlos verdaderamente y mucho menos de vivirlos.

¡Sin cesar, con una creciente evidencia, fue aportándose la prueba de que los que precisamente pretendían ser los portadores de los principios de Cristo eran los peores enemigos y los más grandes ofensores de los verdaderos principios de Cristo, y todo con una desvergüenza imperdonable! Toda la historia posterior a la venida de Cristo muestra, con el surgir de las iglesias, estas realidades grabadas imborrablemente a letra de fuego con una nitidez tal, que nunca podrán ser refutadas ni atenuadas. No puede ocultarse que el infame monumento de la hipocresía consciente fue erigido mediante la larga historia de muertes individuales o colectivas, bajo la criminal invocación de Dios. En muchos sitios sigue trabajándose hoy en ese monumento, sólo que de una manera modificada, adaptada al tiempo actual.

Las tinieblas se fueron haciendo cada vez más densas y negras, gracias a la complacencia de todos los espíritus humanos, a medida que se aproximaba la época en que el Hijo del Hombre debía encarnarse en la Tierra.

Una gozosa animación de los elementos anunció Su nacimiento terrenal. Ángeles Le acompañaron afectuosamente hasta la Tierra. Espíritus primordiales formaron alrededor de Él y de Su infancia terrenal una muralla sólida. Los años de Su juventud sobre la Tierra debían transcurrir felizmente. Al atardecer, contemplaba aquel fulgurante cometa, como si fuera un saludo de Dios Padre, como algo natural que formaba parte de los astros, hasta el instante en que fue puesta sobre sus ojos la venda que debía llevar durante Su amargo aprendizaje en la Tierra.

A Su alrededor todo Le parecía extraño. Sólo una inmensa e insaciable nostalgia llenaba Su alma, creciendo hasta robarle todo reposo, hasta inducirle a una incesante y nerviosa búsqueda. Nada de lo que la Tierra ofrecía era capaz de sosegarle.

Con la venda de materialidad etérea sobre sus ojos, se encontró entonces en territorio enemigo, de cara a las tinieblas, en un campo de batalla donde todo lo oscuro podía pisar más firmemente que Él mismo. En consecuencia, estaba en la naturaleza de las cosas que, dondequiera que intentara emprender algo, ningún eco respondiera a su esfuerzo, ningún éxito le coronara; sólo las tinieblas se alzaban siempre hostiles y sarcásticas.

En tanto no llegara para Él el momento del cumplimiento de Su Misión, las tinieblas podían seguir siendo las más fuertes, ocasionándole daños materiales dondequiera que ejerciera su actividad terrenal; pues, naturalmente, todo lo material tenía que oponerse con hostilidad al Enviado de Dios, porque toda voluntad humana hoy en día se ha encaminado en contra de la verdadera Voluntad Divina, a pesar de su pretendida búsqueda de la Verdad, detrás de la cual se oculta siempre la vanidad, en sus formas más diversas. Con facilidad encontraron las tinieblas, en todas partes, criaturas dispuestas a detener al Enviado de la Luz, para infligirle sensibles y dolorosas heridas.

Su tiempo de aprendizaje en la Tierra se convirtió así en una senda de sufrimiento.

Así como la espiritualidad ejerce con gran fuerza una acción de apariencia magnética, atrayendo y manteniendo a la sustancialidad, a la materialidad etérea y a la materialidad densa, del mismo modo y con mayor potencia todavía, todo lo que en la Poscreación tiene un origen por encima de lo espiritual, tiene que actuar sobre todo aquello, cuyo origen está por debajo. Es este un proceso natural, que no puede ser de otra manera. No obstante, su acción guarda sólo un cierto parecido con la fuerza de atracción, ya que ésta, tal y como la conocemos, no puede surtir sus efectos más que entre cuerpos de naturaleza similar.

Aquí, en cambio, se trata en efecto de la ley del más fuerte en su sentido puramente objetivo, en el sentido más noble, no en el sentido terrenal y humano; pues en la materialidad densa, como sucede en todo en lo que el hombre interviene, esta ley se ha hecho más brutal en sus efectos. El efecto natural de este poder dominador se manifiesta bajo el aspecto exterior de una fuerza magnética de concentración, de cohesión y de dominio.

En virtud de esa ley, los hombres también se sintieron atraídos hacia ese Extraño enigmático procedente de lo Alto y más fuerte que ellos, aunque a menudo rechazándolo con enemistad. Las envolturas compactas que Le rodeaban no eran capaces de contener completamente la expansión de esa Fuerza extraña a la Tierra, que no podía aún irradiar libremente para ejercer ese irresistible poder que tiene, llegado el momento de cumplir su misión y al desprenderse las envolturas impuestas.

Esto produjo la discordia en la intuición de los hombres. Tan sólo la presencia del Extraño bastaba para despertar en ellos las esperanzas más diversas, que, desgraciadamente, dada su actitud interior, quedaron reducidas siempre a meros deseos terrenales, que ellos alimentaban e intensificaban en su interior.

Pero el Extraño no podía nunca tomar en consideración tales deseos, pues su hora no había llegado todavía. Por tal razón, muchos quedaron decepcionados de sus propias ilusiones y, cosa singular, llegaron incluso a sentirse engañados. Nunca se pusieron a pensar en el hecho de que, en realidad, únicamente sus aspiraciones egoístas fueron las que no se cumplieron; indignados por tal decepción, pretendieron echar la culpa al Extraño. Pero Éste no los había llamado. Fueron ellos los que se acercaron y se adhirieron a Él, por el efecto de esa ley que ellos desconocían, convirtiéndose a menudo en penosa carga, que Él tuvo que llevar en Su caminar durante esos años terrenales que estaban previstos para Su aprendizaje.

Los hombres terrenales sentían intuitivamente ante Su presencia un algo misterioso y desconocido, que no acertaban a explicarse. Presentían un poder oculto, incomprensible, y como consecuencia de ello, llegaron a suponer finalmente, en su ignorancia, que se trataba de sugestión intencionada, de hipnosis o magia, según el grado de incomprensión, cuando en realidad nada de esto venía al caso. La simpatía inicial, la consciencia de una atracción extraña, se transformó a menudo en odio que desahogaba su rabia arrojando piedras moralmente o intentando mancillar a aquel de quien, prematuramente, habían esperado demasiado.

Nadie se tomó la molestia de analizarse a sí mismo con justicia. Tal examen habría revelado que el Extraño que vivía Su propia vida según otros conceptos y otros ideales, había sido explotado por los que se adhirieron a Él, y que no había nada más lejos de Él que explotar a los demás, tal como pensaban los importunos y trataban de sugerir a los demás, en la amargura que les causaba verse privados de la satisfacción de sus deseos de llevar una vida cómoda y fácil. En su ceguera, respondieron a la benevolencia que les había sido demostrada, con un odio y una enemistad insensata, parecida a la actitud de Judas.

Pero el Extraño sobre la Tierra tenía que soportar pacientemente todas las hostilidades, las cuales eran la consecuencia natural de Su presencia, mientras la humanidad viviera sumida en la confusión. Sólo así fue como Él, que era ajeno a todo acto y a todo pensamiento malo, pudo percatarse de lo que la naturaleza humana había llegado a ser capaz. Tal experiencia le proporcionó también, al mismo tiempo, el temple necesario que lentamente se fue cubriendo como una coraza sobre su actitud siempre dispuesta a prestar ayuda, abriéndose así un abismo entre ésta y la humanidad… a causa de las heridas producidas en su alma, que ocasionaron dicha separación y que no podrán volver a curarse en tanto que la humanidad no se enmiende por completo. A partir de ese instante, las llagas que le fueron infligidas constituyeron el abismo sobre el cual sólo puede echar un puente aquel hombre que siga estrictamente el camino de las Leyes divinas. Sólo un camino tal puede servir de puente. Los demás hombres tendrán que sucumbir fatalmente en el abismo, ya que no existe otro camino para franquearlo. Y el hecho de detenerse ante él, trae consigo la destrucción.

A la hora precisa, antes de llegar a su fin ese duro aprendizaje, se realizó el encuentro con la compañera que, siendo una parte de él mismo, debía caminar a su lado a través de la vida, a fin de tomar parte, por determinación divina, en la inmensa obra. Extraña también sobre la Tierra, se integró con plena consciencia alegremente en la Voluntad de Dios, para florecer allí con toda gratitud.

¡Entonces fue cuando llegó la hora de los llamados, los que habían prestado ante Dios, tiempo atrás, el juramento de servir con fidelidad! Su petición había sido acogida favorablemente y llevada a cabo con todo esmero. Su encarnación sobre la Tierra tuvo lugar en el momento oportuno. Fielmente guiados, fueron equipados, bajo el punto de vista terrenal, de todo lo que era necesario para cumplir debidamente la misión asignada. Todo fue conducido hacia ellos, fueron colmados de regalos, con tanta abundancia, que no podían menos que considerarlo como un don, un préstamo concedido para la hora del cumplimiento de su promesa de antaño.

Puntualmente, entraron en contacto con el Enviado, primero mediante Su Palabra, después también en persona … y muchos de ellos presintieron efectivamente la llamada, experimentaron en su alma algo no acostumbrado, pero entretanto, en el transcurso de su existencia terrenal, muchos se habían dejado seducir por las cosas puramente materiales y en parte por las tinieblas, de tal forma, que ya no fueron capaces de reunir las fuerzas necesarias para superarse a sí mismos y dedicarse al verdadero servicio, para el cual les había sido concedida la gracia de venir a la Tierra en esta época tan importante.

Otros dieron débiles muestras de una voluntad de cumplir su misión, pero sus defectos terrenales les impidieron ponerlo en práctica. También hubo, por desgracia, quienes iniciaron el camino que les había sido designado, buscando desde un principio y en primer lugar, nada más que sus propias ventajas terrenales. Muchos incluso, con voluntad sincera, esperaban de Aquél a quien tenían que servir, que les allanara el camino del cumplimiento de su misión, cuando, por el contrario, era eso lo que se esperaba de ellos.

Sólo unos pocos, aislados, se revelaron verdaderamente capaces de salir adelante en su misión. A éstos les fue dada una fuerza diez veces mayor en el momento en que debían cumplir con su deber, de suerte que los vacíos no fueron perceptibles. En su fidelidad, incluso pudieron llevar a cabo muchas cosas más, tantas como nunca hubiese sido capaz de realizar el gran conjunto de llamados. –

El Extraño miraba con tristeza el devastamiento causado sobre la Tierra en las filas de los llamados. ¡Eso fue para él una de las más amargas experiencias! A pesar de lo mucho que había aprendido, a pesar de cuanto había sufrido a causa de los hombres mismos… no acertaba a comprender esta última realidad, pues no encontraba excusa alguna para tal desastre. ¡Según él, un llamado, especialmente guiado y encarnado accediendo a sus propios deseos, no podría obrar de otra manera que cumpliendo fielmente su misión, con la alegría más profunda! ¡Para qué estaba sino en la Tierra! ¡Para qué fue tan fielmente protegido hasta la hora en que el Enviado tuviera necesidad de él! Todo se les había brindado con miras al deber que debían cumplir.

Esa fue la razón por la cual, cuando el Enviado entró en contacto con los primeros llamados, depositó en ellos toda su confianza. Los consideró como amigos que, en principio, sólo podían pensar, sentir y obrar según la fidelidad más inquebrantable. ¿No se trataba de lo más grande y más precioso que nunca pudiera suceder a un hombre? No le sobrevino ni siquiera el pensamiento de que también los llamados pudieran convertirse en impuros, durante los años de su espera. Era inconcebible para Él, que un hombre tan colmado de gracias pudiera desviarse sacrílegamente del verdadero fin de su existencia, perdiéndose en cosas baladíes. Veía en ellos, por las faltas que llevaban, seres necesitados de mucha ayuda. … ¡Tanto más terrible fue para Él, tener que constatar que el espíritu humano, aun en casos tan extraordinarios, no es digno de confianza, y que, a pesar de la protección y guía espiritual más fiel, se muestra indigno de la mayor de las gracias!

Conmovido, vio de repente, ante sí a la humanidad en su indecible mediocridad, en su infamia. Sintió repugnancia de ella.

La miseria en la Tierra se hizo más abrumadora. Cada vez más claramente se mostraba la inestabilidad del engañador edificio de todas las obras humanas realizadas hasta hoy. La prueba de la incapacidad de los hombres se hacía cada vez más palpable. En una confusión siempre en aumento, todo empezó a zozobrar; todo menos una cosa: la presunción de los hombres en su pretendido querer hacerlo mejor.

Precisamente esta presunción fue floreciendo más exuberante que nunca. Y es natural que así fuera, ya que, para poder prosperar, necesita siempre de un espíritu angosto. El aumento de esa angostura tenía que implicar también la mayor intensificación de la vanidad.

El afán de hacerse valer llegó a convertirse en una obsesión febril. Cuanto menos podía ofrecer el hombre, tanto más ansiosa exigía su alma la liberación, consciente plenamente del hundimiento, y tanto más ostentosa, se hizo a la búsqueda de fruslerías terrenales y de honras humanas en su falsa necesidad de compensación. Y si con frecuencia, en las horas de tranquilidad, llegaron al fin a dudar de sí mismos, esto les incitó más apasionadamente a hacerse pasar, por lo menos, por sabios. ¡A cualquier precio!

Así sobrevino la vertiginosa caída. Conscientes del espantoso desastre que había de venir y poseídos de un gran temor, acabaron por intentar cegarse a sí mismos, cada uno a su manera, dejando que tal monstruosidad siguiera su curso como hasta ahora. Cerraron los ojos ante la responsabilidad amenazadora.

Hombres “sabios” anunciaron la época de la venida de un guía poderoso, que los libraría de la miseria. Pero la mayor parte de ellos pretendieron considerarse a sí mismos como tales guías o, si eran más modestos, quisieron encontrarlo al menos dentro de su propio grupo.

Los “creyentes” imploraban a Dios, para que les ayudara a salir del caos, pero se puso en evidencia que esos pobres hombrecillos terrenales, al mismo tiempo que rogaban para que se realizaran sus deseos, buscaban interiormente poner condiciones a Dios: deseaban un guía tal que correspondiera a sus ideas. ¡Hasta qué extremo llega la mezquindad humana! ¡Los hombres son capaces de creer que un enviado de Dios tiene la necesidad de adornarse con vanidades terrenales! Esperan que se rija por sus opiniones tan limitadas, para ser reconocido por ellos y ganar así su fe y su confianza. ¡Cuán inaudito orgullo! ¡Cuánta presunción se encierra sólo en este hecho! ¡En la hora en que deban cumplirse los designios de Dios, ese orgullo será arrasado sin piedad, junto con todos los que entregaron su espíritu a tan insensatas ilusiones! –

Entonces llamó el Señor a Su Siervo, que caminaba como un Extraño sobre la Tierra, a fin de que hablara y comunicara Su Mensaje a todos los que estaban sedientos de él.

He aquí que el saber de los “sabios” era falso, que las plegarias de los creyentes no eran sinceras; pues ellos no acogieron la voz que procedía de la Verdad, la cual, de hecho, sólo podía ser reconocida cuando aquella chispa de Verdad en cada ser humano no había sido sepultada bajo las imperfecciones terrenales, bajo el poder del intelecto y bajo todo lo que es susceptible de desviar al espíritu humano del verdadero camino y de provocar su caída.

No podía encontrar eco más que allí donde la plegaria procediera de un alma realmente humilde y sincera.

¡La llamada fue hecha! En dondequiera que se dejó oír, produjo inquietud, división. Pero donde era esperado sinceramente, produjo paz y felicidad.

Una turbulenta agitación se apoderó de las tinieblas, y éstas fueron condensándose aún más, más compactas, más pesadas, más negras alrededor de la Tierra. Aquí y allá se levantaron hostiles, con estridentes gritos, que llenos de odio se dejaron oír en medio de las filas de aquellos que estaban dispuestos a obedecer el llamamiento. Las tinieblas estrecharon más y más sus lazos, ciñéndose en torno a aquellos llamados, que, habiendo fracasado tenían que hundirse en ellas, a las cuales habían estrechado voluntariamente la mano. Aquel juramento de antaño los unía espiritualmente al Enviado, los atraía hacia Él al acercarse la hora del cumplimiento, mientras que sus faltas formaban un obstáculo y los apartaban de Él, haciendo imposible toda unión con la Luz.

De tales hechos no podía resultar otra cosa que un puente de odio, de todo el odio de las tinieblas contra todo lo que es Luz. Ellos hicieron así aún más cruel el camino de dolor del Enviado de la Luz, conduciéndolo hasta el Gólgota, camino que la inmensa mayoría de los hombres se prestó muy gustosamente a hacérselo más penoso, especialmente aquellos que ya creían conocer y seguir el camino de la Luz, como hicieron una vez los escribas y fariseos.

Esta situación aportó una vez más la prueba evidente de que la humanidad volvería hoy a hacer exactamente lo mismo que lo que hizo en otro tiempo contra el Hijo de Dios. Pero esta vez bajo una forma más moderna: una crucifixión simbólica, mediante una tentativa de crimen moral que, ante las Leyes de Dios, no es menor delito que el crimen corporal.

Todo quedó consumado con la última posibilidad de gracia, perdida por irreflexión. Traidores, falsos testigos y calumniadores surgieron de entre la multitud de los llamados. Los gusanos de las tinieblas osaban acercarse cada vez más numerosos, pues se sentían seguros por el hecho de que el Extraño sobre la Tierra, en el cumplimiento de Su Misión, callaba ante la ponzoña, tal como se le había ordenado y como también hizo el Hijo de Dios ante las masas vociferantes, que querían verle clavado en la cruz como un criminal.

Pero cuando los perjuros renegados, en la ceguera de su odio, estimaban que su victoria estaba conseguida, cuando las tinieblas creían haber destruido otra vez la obra de la Luz, ya que ante sus ojos el Portador de dicha obra había quedado totalmente desacreditado en la Tierra, ¡entonces Dios, en Su Omnipotencia, manifestó esta vez Su Voluntad! Y entonces… los blasfemos cayeron también de rodillas… ¡pero demasiado tarde ya!




* * *


Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

* * *

Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio

31. EL MAESTRO UNIVERSAL

 

31. EL MAESTRO UNIVERSAL


SE LE LLAMA Maestro Universal no porque deba instruir al mundo, o acaso fundar una religión capaz de unir o dominar al mundo, en términos más específicos, a la Tierra, o mejor aún, a la humanidad terrenal; se le llama Maestro Universal porque nos explica el “mundo”, porque nos trae las enseñanzas concernientes al universo. Es decir, ¡aquello que el hombre necesita saber verdaderamente! Él enseña a reconocer el “universo” y su actividad autónoma, a fin de que el hombre terrenal pueda regirse por ello y, de esa forma, le sea posible ascender conscientemente gracias al conocimiento de las verdaderas Leyes del universo.

Se trata, pues, de una enseñanza universal, de una enseñanza acerca del mundo, de la Creación.

¡Tras este auténtico Maestro Universal se yergue también, esplendorosa, como en aquel tiempo en el caso de Cristo, la gran Cruz del Redentor, visible para los clarividentes puros! Se puede decir también: “¡Él lleva la Cruz!” Pero sin que ello tenga nada que ver con sufrimientos y martirios.

Constituirá uno de los signos que, “iluminado vivamente”, no podrá ser objeto de simulación de ningún charlatán ni de mago alguno, por hábil que sea, y que pondrá de manifiesto la absoluta autenticidad de Su Misión.

Este acontecimiento supraterrenal no es que carezca de sentido alguno, que sea arbitrario, es decir, contrario a la naturaleza. Se comprende en cuanto se conoce el verdadero sentido de lo que es en realidad “la Cruz del Redentor”. Esta Cruz no es idéntica a la cruz de la pasión de Cristo, mediante la cual la humanidad tampoco pudo ser redimida, como repito varias veces y describo detalladamente en mi conferencia “La crucifixión del Hijo de Dios y la última Cena”. ¡Se trata aquí de algo completamente diferente, sencillo en apariencia, pero de una prodigiosa grandeza!

La Cruz ya era conocida antes del tiempo de Cristo en la Tierra. ¡Es el signo de la Verdad divina! Y no sólo el signo, sino también su forma viva. ¡Y puesto que Cristo era Mensajero de la Verdad divina, de la Verdad auténtica, y que procedía de la Verdad, estaba en estrecha e inmediata unión con Ella, llevando en sí una parte de la misma, ceñida vivamente a Él y en Él! ¡La Verdad se manifiesta en la Cruz viva, es decir, luminosa e irradiante por sí misma! Puede decirse que Ella y la Cruz son una misma cosa. Dondequiera que se encuentre esa Cruz radiante, allí reside también la Verdad, pues aquella no puede quedar separada de ésta, sino que ambas forman una unidad, ya que esta Cruz representa la forma visible de la Verdad.

Así pues, la Cruz con sus rayos o la Cruz radiante es la Verdad en su forma original. ¡Y dado que el hombre sólo puede elevarse mediante la Verdad y no de cualquier otra forma, el espíritu humano podrá alcanzar su verdadera redención únicamente reconociendo y tomando conciencia de la Verdad divina!

¡Como, por otro lado, sólo en la Verdad se halla la redención, se concluye que la Cruz, o lo que es lo mismo, la Verdad, es la Cruz redentora o la Cruz del Redentor!

¡La Cruz del Redentor! ¡Pero para la humanidad, el Redentor es la Verdad! Sólo mediante el conocimiento de la Verdad y, como consecuencia, siguiendo el camino que reside en la Verdad o que está indicado por Ella, puede el espíritu humano quedar libre de la alienación y confusión actuales, para ser elevado hacia la Luz, liberado y redimido de su situación presente. Y puesto que el Hijo de Dios que fue enviado, y el Hijo del Hombre que ahora ha de venir, son los únicos Mensajeros de la límpida Verdad, inherente a ellos, tendrán que llevar consigo, por Su propia naturaleza, inseparablemente la Cruz, es decir, tienen que ser Portadores de la Cruz radiante, Portadores de la Verdad, Portadores de la redención, que para los hombres reside en la Verdad. Ellos proporcionan mediante la Verdad la redención de los que la admiten, de los que siguen por el camino indicado. – ¿Qué valor tiene frente a esto la astuta palabrería humana? Se desvanecerá en la hora de la angustia.

¡Por eso dijo el Hijo de Dios a los hombres, que tenían que tomar la Cruz sobre sí mismos y seguirle, es decir, acatar la Verdad y vivir de acuerdo con Ella! Adaptarse a las Leyes de la Creación, aprender a comprenderlas exactamente y a no utilizarlas más que para el bien mediante sus efectos autoactivos.

Pero, ¡qué es lo que ha hecho, una vez más, el limitado ingenio de los hombres de una cosa tan sencilla y tan natural! ¡Una doctrina de dolor, que no era querida ni por Dios, ni por el Hijo de Dios! Así quedó trazado un camino falso, que no tiene nada en común con el indicado, sino que se aparta de la Voluntad de Dios, que sólo quiere conducir a la alegría, mas no al sufrimiento.

Sin duda, es un terrible símbolo para la humanidad, haber clavado al Hijo de Dios precisamente en lo que constituye la forma terrenal de la imagen de la Verdad, y de haberle torturado a muerte. ¡Martirizado en el símbolo de la Verdad que él portaba! ¡Pero la cruz del suplicio, que se expone en las iglesias, no es la Cruz redentora!

“El que está en la Fuerza y en la Verdad”, se ha dicho acerca del Hijo de Dios. La Fuerza es la Voluntad de Dios, el Espíritu Santo. Su forma visible es la Paloma. La forma visible de la Verdad es la Cruz que irradia por sí misma. Ambos signos se apreciaban vivamente en la persona del Hijo de Dios, ya que Él estaba en ellos, y esto constituía en Él una manifestación evidente y natural.

¡Lo mismo se manifestará en el Hijo del Hombre! La Paloma, encima de Él, la Cruz del Redentor detrás de Él. ¡Pues también Él esta ligado inseparablemente a ellas como Mensajero que es de la Verdad, “el cual está en la Fuerza y en la Verdad”! ¡Tales son los signos infalibles de Su auténtica Misión encaminada al cumplimiento de las profecías! ¡Signos imposibles de ser imitados, indestructibles, que sirven de advertencia y, a pesar de su temible seriedad, también de promesa!

¡Ante ellos tiene que apartarse inevitablemente toda oscuridad! ¡Levantad vuestra mirada! ¡En cuanto se anuncien los inexorables precursores de su venida, barriendo su camino de cuantos obstáculos fueron amontonados por la vanidad humana, caerá la venda de los ojos de muchos, que poseen la gracia de poder reconocerle de esta manera! Entonces tendrán que dar testimonio en voz alta, obligados por la Fuerza de la Luz.

Ni uno de los falsos profetas y guías tan numerosos en el día de hoy, podrá subsistir ante Su presencia. Pues mediante esos dos signos, que nadie puede llevar, a excepción del Hijo de Dios y del Hijo del Hombre, Dios mismo da testimonio de Su Servidor; frente a esto, toda argucia humana tiene que enmudecer. –

¡Estad alerta, pues la hora está más cerca de lo que todos vosotros lo pensáis!


* * *




Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

* * *

Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio

30. EL GRAN COMETA

 

30. EL GRAN COMETA

LOS QUE LO SABEN hablan ya, desde hace años, de la venida de esa estrella de importancia especial. El número de los que la esperan aumenta constantemente; los indicios se concentran cada vez más, de manera que, en realidad, puede considerarse su venida como muy próxima. Pero lo que la estrella significa en realidad, los efectos que produce, de dónde viene, todo esto no ha sido aclarado debidamente.

Se cree saber que el Cometa traerá consigo trastornos considerables. Pero este astro significa aún más.

Puede ser llamado la Estrella de Belén, ya que le es semejante en todos sus aspectos. Su fuerza absorbe las aguas haciéndolas ascender muy alto, provoca catástrofes atmosféricas y muchas cosas más. La Tierra temblará cuando sus rayos la rodeen.

Desde que tuvieron lugar los acontecimientos de Belén, no se ha vuelto a producir nada semejante. Como la Estrella de Belén, también ella se desprendió del Reino eterno de lo espiritual primordial en un tiempo tal, que surtirá sus efectos sobre la Tierra exactamente cuándo deban pasar sobre la humanidad entera los años de la iluminación espiritual.

La ruta a seguir por dicha estrella es una línea recta que parte del Reino eterno y llega hasta esta parte del universo. Su núcleo está cargado de una eminente fuerza espiritual; se rodeará de materia y se hará así visible a la humanidad terrenal. Con toda seguridad y sin desvío alguno, describe el Cometa su trayectoria, debiendo aparecer en la hora precisa, determinada ya desde hace milenios.

Los primeros efectos inmediatos ya han comenzado a actuar durante los últimos años. El que no quiera verlo ni oírlo, el que no encuentre un tanto ridículo hacer pasar como algo normal y corriente todo lo extraordinario que ha sucedido ya, ése, naturalmente, no puede ser socorrido. O bien, por miedo, hace lo que el avestruz, o es que está sobrecargado de penosa angostura espiritual. A estas dos categorías de gente hay que dejarlas que sigan su camino tranquilamente, y no queda más que sonreír ante sus afirmaciones tan fáciles de refutar.

A los sabios se les podría decir también dónde caerán los primeros y poderosos rayos. No obstante, dado que esas radiaciones van envolviendo toda la Tierra, no tiene sentido alguno dar detalles más explícitos sobre el particular. Tendrán que pasar años hasta que se llegue a tal punto, y muchos años serán también necesarios para que la Tierra quede otra vez libre de la influencia del Cometa.

Y entonces estará purificada y refrescada en todo aspecto, para bienaventuranza y gozo de sus habitantes. Jamás habrá sido más bella que lo que llegará a ser entonces. Por eso, todo creyente debe confiar tranquilamente en el futuro, sin temor alguno ante lo que pueda sobrevenir en los próximos años. Si es capaz de dirigir su mirada hacia Dios, lleno de confianza, no le sobrevendrá mal alguno.

 * * *


Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

* * *

Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio


EL SIGNIFICADO DE PENTECOSTÉS

  EL SIGNIFICADO DE PENTECOSTÉS El derramamiento de poder a través del Espíritu Santo, Pentecostés, es un fenómeno que se ha repetido regu...