jueves, 1 de diciembre de 2022

14. LA ESTRELLA DE BELÉN

 

“Con mi palabra, os conduzco nuevamente a Dios, del que, poco a poco os habéis alejado, a causa de todos los que ponen ese pretendido saber humano por encima de la sabiduría divina.”

14. LA ESTRELLA DE BELÉN

¡LA LUZ debe ahora iluminar la Tierra, así como debía haber ocurrido tiempo atrás, cuando la Estrella de la Promesa brilló sobre un establo en Belén!

Pero en aquel tiempo, la Luz no fue acogida más que por unos cuantos, y los que la escucharon, como es costumbre en el género humano, no tardaron en deformarla y desvirtuarla. Lo que habían olvidado trataron de reemplazarlo por sus propias interpretaciones y, de este modo, no hicieron sino crear una confusión que hoy en día se hace pasar por verdad intangible.

Por miedo de que el edificio entero se venga abajo, apenas se revele como falso el más insignificante pilar, se combate y mancilla todo rayo de Luz capaz de aportar conocimiento, y allí donde no cabe obrar de otra manera, se trata, por lo menos, de ridiculizarlo con tal malevolencia y perfidia que, ante un criterio claro, sólo demuestran ser producto del temor. Sin embargo, rara vez se encuentra en esta Tierra un pensamiento claro.

¡No obstante, la Luz del verdadero conocimiento debe descender por fin sobre toda la humanidad!

Ha llegado la hora en que todo lo malsano que ha inventado el cerebro humano será barrido de la Creación a fin de que en lo sucesivo no siga impidiendo tomar conciencia de que la Verdad es completamente diferente a esas concepciones carentes de toda base, creadas por la jactanciosa presunción y el sentido comercial, por la imaginación enferma y la hipocresía que, como frutos de fangosas especulaciones cerebrales, estrechas y ruines, tratan de alcanzar únicamente poderío y honores terrenales.

Maldición ahora a aquellos que, induciendo a error a millones de hombres, han llegado a esclavizarlos de tal modo que ya no se atreven a abrir los ojos a la Luz y difaman ciegamente todo cuanto llega a sus oídos con un tono distinto al que están acostumbrados a oír, en lugar de decidirse a escuchar y tratar de constatar si no es precisamente lo nuevo lo que responde mejor a su entendimiento que lo que han aprendido hasta ahora.

Los oídos están taponados y con miedo se vigila que entre un solo soplo de aire puro. La causa no es otra que la pereza y el miedo de que este aire puro, al traer consigo el restablecimiento, implique necesariamente la actividad del espíritu, que exige e impone el esfuerzo personal. Esfuerzo opuesto a la actual somnolencia espiritual, aparentemente tan cómoda pero que, en realidad, no hace más que provocar un sueño pesado y permanente, dejando plena libertad para que actúe la astucia del intelecto deformado y corrupto.

¡Mas de nada sirve taparse los oídos ante la Palabra nueva, cerrar los ojos para que no os deslumbre ni os sobresalte! ¡Con violencia seréis sacudidos de este triste entumecimiento! Tiritando quedaréis expuestos a la fría Luz que os despojará despiadadamente de todas vuestras falsas vestiduras. Tiritando de frío, porque la chispa del espíritu en vosotros ya no puede ser encendida para que, adquiriendo calor, desde vuestro interior se una a la Luz.

A vosotros os resulta tan fácil creer lo increíble; pues, de este modo, no tenéis necesidad de esforzaros en pensar y comprobar por vosotros mismos. Precisamente porque todos vuestros dogmas no son capaces de soportar un examen a la luz de las Leyes naturales divinas, estáis obligados a creer simplemente, sin preguntar cómo ni por qué; tenéis que creer a ciegas, y esto os parece magnífico. Vosotros, los que en esta cómoda actitud imagináis ser, sobre todo, muy creyentes, os alzáis simplemente por encima de toda duda y… os sentís a gusto, protegidos, nobles, piadosos y seguros de poder así llegar a la santidad. Pero obrando de esta manera no habéis superado todas vuestras dudas, sino que las habéis rehuido cobardemente. Por la indigencia de vuestro espíritu, habéis sido demasiado perezosos para hacer algo por vuestra cuenta y habéis preferido la fe ciega al conocimiento de los procesos naturales dentro de las Leyes de la Voluntad de Dios. Las ficciones engendradas por el cerebro humano os han hecho sencilla la elección. Pues cuanto más imposible sea lo que debéis creer, cuanto más incomprensible, tanto más cómodo resulta creer en ello ciegamente al pie de la letra, ya que en tales asuntos no queda otro recurso: es preciso eliminar el conocimiento y la convicción.

Sólo lo imposible exige una fe ciega e incondicional; pues todo lo que es factible incita inmediatamente a la reflexión personal. Allí donde reside la Verdad que siempre se manifiesta de manera natural y lógica, allí entra en función el pensar reflexivo y la comprensión intuitiva. Estos dejan de actuar allí donde no encuentran naturalidad alguna, es decir, donde la Verdad no existe. ¡Solamente de la comprensión intuitiva puede nacer la convicción, la cual, a su vez, es la única capaz de aportar valores al espíritu humano!

De este modo se cierra ahora, con todo lo demás, el ciclo iniciado en la noche sacra de Belén. Y al cerrarse el ciclo tendrá que ser eliminado todo cuanto hay de erróneo en las tradiciones haciendo que, en su lugar, triunfe la Verdad. ¡La oscuridad creada por la humanidad ha de ser disipada por la irrupción de la Luz!

Todas las leyendas creadas con el tiempo en torno a Jesús deben ser derribadas para que su vida resplandezca finalmente en toda su pureza y en conformidad con las Leyes divinas, pues de otra manera no hubiese sido posible este suceso en la Creación. En los cultos que vosotros mismos habéis instaurado habéis negado con una ligereza sacrílega la Perfección del Creador, vuestro Dios.

Intencionadamente, con plena consciencia Le habéis representado de forma imperfecta en Su Voluntad. Ya lo he dejado dicho. Discutid como y cuanto queráis. No encontraréis ninguna excusa que os libre del reproche de haber sido harto indolentes como para reflexionar por vosotros mismos. No penséis que honráis a Dios creyendo ciegamente lo que es incompatible con las Leyes primordiales de la Creación. Al contrario, si creéis en la Perfección del Creador, debéis saber que en la Creación no puede suceder nada en absoluto que no sea consecuencia exacta de Sus férreas Leyes. Sólo así podréis honrar a Dios verdaderamente.

¡Quien piensa de otro modo duda, por ende, de la Perfección del Creador, su Dios! ¡Pues allí donde aún es posible cambiar o mejorar no existe – ni existió jamás – la perfección! Otra cosa es la evolución, prevista y deseada en la Creación. Mas la evolución debe ser necesariamente la consecuencia de la actividad de las Leyes ya existentes. Todo esto no puede producir ni admitir aquellas cosas que los creyentes – con relación a la vida de Cristo – han considerado como algo muy natural.

¡Despertad de una vez de vuestros sueños, tornaos veraces! Una vez más os digo que, según las Leyes de la Creación, es imposible que el cuerpo humano pueda nacer jamás sin previa procreación material. De igual suerte, imposible es que un cuerpo de materia densa ascienda después de su muerte a las esferas de la materialidad etérea y menos aún al reino de la sustancialidad, o con menos razón al reino espiritual. Y, puesto que Jesús tuvo que nacer aquí en la Tierra, es de rigor que este suceso haya estado sometido en la materialidad densa a la Ley divina de una previa procreación.

Dios debería haber obrado contrariamente a sus propias Leyes si en el caso de Cristo todo se hubiese desarrollado como lo enseña la tradición. Tal cosa es imposible por el hecho mismo de ser Dios perfecto desde el principio y perfecta su Voluntad que reside en las Leyes de la Creación. ¡Quien ose pensar de otro modo, duda de esta Perfección y, en última consecuencia, duda de Dios! Pues Dios sin Perfección no sería Dios. Aquí no hay escapatoria posible. Ningún espíritu humano puede interpretar a su conveniencia esta simple evidencia, ni aun cuando ésta provoque el desmoronamiento de los fundamentos de no pocas concepciones conservadas hasta ahora. Sobre este punto no hay alternativa: o sí o no. O todo o nada. ¡Aquí no cabe compromiso alguno, pues en la Divinidad no puede haber nada a medias, nada incompleto y, por ende, tampoco puede haberlo en aquello que trata de Dios!

Jesús fue engendrado físicamente, de no haber sido así, su nacimiento en la Tierra no hubiera sido posible.

Pocos fueron los que antaño reconocieron en la Estrella el cumplimiento de la Promesa. Entre ellos, la propia María y José, que conmovido ocultó su rostro.

Tres reyes encontraron el camino del establo y depositaron allí sus presentes terrenales. Mas no tardaron en abandonar, sin ninguna protección, al Niño a quien debían allanar el camino con sus riquezas y su poder, para que no sufriera daño alguno en el cumplimiento de Su Misión. Sin duda no reconocieron enteramente su eminente deber, a pesar de haberles sido revelado el modo de encontrar al Niño.

La inquietud indujo a María a abandonar Nazaret, y José, viendo su silencioso sufrir, su nostalgia, accedió a su deseo, únicamente para devolverle la tranquilidad. Encomendó la dirección de su taller de carpintería al mayor de sus obreros y se puso en camino con María y el Niño hacia un país lejano. Con la rutina del trabajo y las preocupaciones cotidianas fue empalideciendo lentamente, en ambos, su recuerdo de la Estrella radiante, tanto más cuanto que Jesús no manifestaba nada de particular durante Su juventud, sino que se comportaba en todo de modo tan natural como cualquier otro niño de Su edad.

Fue al regresar para morir en su ciudad natal, cuando José, quien había sido siempre el mejor y más paternal amigo de Jesús, en el momento de pasar al más allá, en los últimos instantes de vida en la Tierra, vio sobre Jesús, quien le acompañaba, solo, en su lecho mortuorio, la Cruz y la Paloma. Estremecedoras fueron sus últimas palabras: ¡Entonces, realmente, Tú lo eres!

Jesús, por su parte, nada sabía de esto hasta que un día se sintió empujado hacia Juan, atraído por lo que se decía de él, que predicaba sabias enseñanzas y bautizaba a orillas del Jordán.

Por ese acto físico del bautismo, el comienzo de Su Misión quedó anclado firmemente en la materialidad densa. La venda cayó. A partir de ese instante, Jesús tuvo plena conciencia de que debía llevar la Palabra del Padre a la humanidad de la Tierra.

Toda Su vida se revelará ante vuestros ojos tal y como fue en realidad, despojada de todas las fantasías engendradas por los cerebros humanos. Cerrándose el ciclo en torno a este suceso, Su vida será revelada a todos durante el Juicio, al triunfar la Verdad que por mucho tiempo ya no podrá ser alterada.

María luchó interiormente con las dudas, agravadas a causa de las preocupaciones maternales por su hijo, hasta el doloroso ascenso al Gólgota. Humanamente, sin ninguna manifestación sobrenatural. Fue allí cuando, finalmente, cobró conocimiento de la Misión de su Hijo y, con el conocimiento, la fe.

Ahora, empero, al regreso de la Estrella, todos los errores serán disipados por la Gracia de Dios, y todas las faltas deben también ser desatadas de aquellos que, sin obrar por obstinación o malicia, dificultaron antaño el camino de Cristo, si en el tiempo actual, en que debe cerrarse el ciclo, adquieren conciencia de ello y quieren reparar el mal que hicieron o el bien que dejaron de hacer.

En el deseo de reparar aquello se eleva, con la Estrella Radiante, para ellos la redención. Ya liberados podrán entonar con júbilo su agradecimiento a Aquél que en Su Sabiduría y Bondad creó las Leyes por las que han de regirse y redimirse todas las criaturas.

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Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

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Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio

13. EL UNIVERSO

 


“Con mi palabra, os conduzco nuevamente a Dios, del que, poco a poco os habéis alejado, a causa de todos los que ponen ese pretendido saber humano por encima de la sabiduría divina.”


13. EL UNIVERSO



¡EL UNIVERSO! Cuando el hombre emplea esta palabra, la pronuncia muchas veces de manera irreflexiva, sin hacerse una idea de cómo es en realidad ese universo del que habla.

Sin embargo, muchos de los que tratan de hacerse una idea determinada se imaginan innumerables cuerpos cósmicos, de constitución y magnitud sumamente diversas, agrupados en sistemas solares y que siguen su órbita en el espacio. Les consta que cada día están por descubrirse nuevos mundos, cada vez más numerosos, a medida que va aumentando la precisión y el alcance de los instrumentos de observación. El hombre se contenta entonces con la palabra “infinito”, formándose así, en su mente, una concepción errónea.

El universo no es infinito. Es la Creación material, es decir, la obra del Creador. Ésta, como toda obra, se halla al lado de su creador y, como tal, es limitada.

Las personas que presumen de ser muy avanzadas se sienten muchas veces orgullosas de poseer el conocimiento de que Dios está presente en la Creación entera, en cada flor, en cada piedra, y que las fuerzas motrices de la naturaleza son Dios, es decir, todo lo que es incognoscible, todo lo que a pesar de manifestarse se escapa a nuestra capacidad comprensiva. Esto es, una Fuerza primordial en constante actividad, una Fuente de energía que se renueva eternamente por sí misma: la Luz primordial insustancial. Estas personas se creen enormemente adelantadas haciéndose a la idea de poder encontrar a Dios en todo, de reconocerlo en todo lugar como una fuerza impulsora que todo lo penetra y que obra en cada instante con el único fin de suscitar una evolución encaminada hacia la perfección.

Pero todo esto no es correcto más que en un cierto sentido. Lo que nosotros encontramos en toda la Creación es Su Voluntad, es decir, Su Espíritu, Su Fuerza. Él mismo, se encuentra muy por encima de la Creación.

La Creación material fue ligada ya en su origen a la Ley inmutable del devenir y de la disolución. En efecto, lo que nosotros llamamos leyes naturales es la Voluntad creadora de Dios, la cual, actuando incesantemente, va creando y deshaciendo mundos. Esta Voluntad creadora es uniforme en la Creación entera, a la cual pertenecen, formando un todo, los mundos de materialidad etérea y los de materialidad densa.

La unidad absoluta e inmutable de las Leyes primordiales, es decir, de la Voluntad primordial, tiene como consecuencia que hasta el más mínimo hecho que se produce en la Tierra de materia densa se desarrolla siguiendo un proceso exactamente igual al que se da en todo acontecimiento, trátese del más grandioso de toda la Creación o del proceso creador propiamente dicho.

La severidad de la Voluntad primordial es clara y sencilla. Una vez reconocida, la descubrimos fácilmente en todo. La apariencia confusa e incomprensible de numerosos procesos proviene de los múltiples entrelazamientos originados a partir de las vueltas y rodeos engendrados por la diversidad de las voliciones humanas.

La obra de Dios, el universo, está, pues, en tanto creación, sometida a las Leyes divinas que son inmutables y perfectas en todo; ella tiene su origen en estas mismas Leyes y, por consecuencia, es limitada.

El artista, por ejemplo, se encuentra también en su obra y se identifica con ella, y no obstante está fuera de ella, a un lado. La obra es limitada y efímera, pero no lo es por eso el talento del artista. El artista, es decir, el creador de la obra, puede destruir su obra – que es la expresión de su voluntad – sin resultar afectado él mismo. Con todo, no dejará de ser el artista que es.

Reconocemos y hallamos al artista en su obra y se nos hace familiar sin necesidad de haberlo visto personalmente. Poseemos sus obras en las que se halla plasmada su voluntad y su voluntad actúa en nosotros. El artista se nos acerca a través de su obra y, no obstante, puede vivir su propia vida alejado de nosotros.

El artista creador y su obra nos ofrecen un pálido reflejo de la relación existente entre la Creación y el Creador.

Sólo el ciclo de la Creación es eterno y sin fin, es decir, infinito en su incesante devenir, perecer y resurgir.

En este acaecer se cumplen asimismo todas las revelaciones y todas las profecías. También para la Tierra acabará cumpliéndose en este ciclo el “Juicio Final”.

El Juicio final, es decir, el último, ha de llegar un día para todo cuerpo cósmico material, pero no simultáneamente para toda la Creación.

Es éste un proceso inevitable para todo cuerpo cósmico que haya llegado a aquel punto dentro de su ciclo, en el cual ha de comenzar su disolución con el fin de poder tomar nueva forma en su próximo recorrido.

Este ciclo eterno no debe confundirse con la rotación de la Tierra y de otros astros alrededor de su sol, sino que debe interpretarse como el gran ciclo, el ciclo más importante, por el que todos los sistemas solares tienen que pasar mientras efectúan, por su parte, sus movimientos propios.

El punto en que ha de comenzar la disolución de cada astro está exactamente fijado, siempre en razón de la lógica de las leyes naturales. En un lugar determinado con toda precisión comenzará a desarrollarse ineludiblemente el proceso de la descomposición, independientemente del estado del astro en cuestión y de sus habitantes.

Irresistiblemente, el movimiento cósmico impulsa a todo cuerpo sideral hacia su destino; sin demora llegará la hora de esa desintegración que, en realidad, como en todas las cosas de la Creación, no es sino una transformación, que ofrece una oportunidad para proseguir la evolución. Entonces habrá sonado para todo ser humano la hora “del pro o del contra”. O será elevado hacia los dominios de la Luz, si sus aspiraciones tienden hacia lo espiritual, o quedará encadenado a la materialidad a la que se mantiene aferrado a causa de su convencimiento de que sólo lo material es lo que realmente tiene valor.

En este caso, como consecuencia lógica de su propia volición, no podrá desprenderse de la materia y será arrastrado con ella hacia la última etapa del camino que conduce a la descomposición. ¡Esto significa la muerte espiritual, lo cual equivale a ser borrado del “Libro de la Vida”!

A este proceso, en sí tan natural, se le califica también de condenación eterna, debido a que el ser humano arrastrado hasta la descomposición “deja, por necesidad, de poseer una existencia personal”. He aquí lo más terrible que puede acaecer al hombre. Ser considerado como una “piedra rechazada” que no puede ser utilizada para una edificación espiritual y que, por ello, tendrá que ser triturada.

Esta separación entre el espíritu y la materia, determinada por leyes y procesos completamente naturales, es el llamado “Juicio Final” que va acompañado de profundas transformaciones y grandes cambios.

Que esta disolución no se efectúa en un día terrestre, es obvio; pues, para el acontecer cósmico, mil años son como un día.

No obstante, nos encontramos en pleno comienzo de esta fase. La Tierra se aproxima ahora al punto en que se desviará de su camino seguido hasta el momento, lo que ha de hacerse sentir muy claramente en la materia densa. Entonces, la separación entre todos los hombres entrará en acción con más rigor. Ésta separación ya ha sido preparada en los últimos tiempos, pero hasta ahora solamente se ha manifestado en forma de “opiniones y convicciones”.

Por eso, cada hora de existencia terrestre es más preciosa que nunca. Quien busca sinceramente y quiere aprender, habrá de arrancarse con todas sus fuerzas los pensamientos viles que le encadenan necesariamente a lo terrenal. De lo contrario, correrá peligro de quedar ligado a la materia y ser arrastrado con ella hacia la disolución completa.

Mas aquellos que aspiran a la Luz verán soltarse poco a poco sus ligaduras y acabarán elevándose hasta alcanzar la Patria espiritual.

La separación entre la Luz y las tinieblas se habrá consumado entonces definitivamente, y el Juicio se habrá cumplido.

“El universo”, es decir la Creación entera, no desaparecerá en este proceso, los astros no serán arrastrados hacia la disolución antes de que su curso haya alcanzado el punto en el cual deba comenzar la disolución y, con ello, la separación previa.

El cumplimiento de estos fenómenos se desarrolla bajo el efecto natural de las Leyes divinas que, desde el más remoto comienzo, reposan en la Creación. Estas Leyes que dieron origen a la Creación son invariablemente portadoras, tanto hoy día como en el futuro, de la Voluntad del Creador. El ciclo eterno consta de una perpetua creación, siembra, maduración, cosecha y disolución, con el fin de que todo, estimulado por la variación de las combinaciones, adquiera de nuevo otras formas que corren al encuentro de un siguiente ciclo.

Considerando este ciclo evolutivo de la Creación, uno puede imaginarse un embudo gigantesco o un cráter colosal del cual brota un torrente incesante de simientes primas que, en movimiento giratorio constante, tratan de conseguir nuevas combinaciones y nueva evolución. Exactamente tal como la ciencia lo conoce y lo ha descrito ya correctamente.

Densas nieblas van originándose por fricción y aglomeración, y de ellas surgen a su vez astros que, en virtud de leyes inmutables y siguiendo una lógica infalible, se agrupan luego en sistemas solares. Girando en sí mismos, se ven obligados a seguir todos juntos ese gran ciclo, que es el ciclo eterno.

Así como en los fenómenos visibles a los ojos terrenales, la simiente se desarrolla, toma forma, madura y es recolectada o entra en descomposición, proceso que para los vegetales, los animales y los seres humanos entraña una transformación y una disolución encaminada a una evolución ulterior, así también ocurren los grandes fenómenos cósmicos. Los astros visibles de materia densa, entrañando una envoltura mucho más considerable de materia etérea, invisible por consiguiente al ojo físico, se hallan sometidos a los mismos fenómenos en su ciclo eterno, puesto que están regidos por las mismas Leyes.

Ni los escépticos más fanáticos pueden negar la existencia de la simiente prima, aun cuando ésta resulte invisible a todo ojo humano a causa de su esencia particular, es decir, de su materialidad genuina del “más allá”, que podemos seguir denominando materialidad etérea.

Tampoco es difícil comprender que, en el orden natural de las cosas, el mundo que se forma primero, partiendo de esa simiente, ha de ser también de materialidad etérea y, por ende, imperceptible para el ojo terrenal. Sólo al formarse de allí más tarde la precipitación de mayor densidad, va constituyéndose, de acuerdo al mundo de materialidad etérea, paulatinamente, el mundo de materialidad densa con sus cuerpos de materia densa. Y es sólo esto lo que, desde su primer comienzo, los ojos terrestres junto con todos sus instrumentos de observación están en capacidad de ver.

Otro tanto ocurre con lo que envuelve al espíritu humano, al hombre propiamente dicho, del cual también hablaré. En el curso de sus peregrinaciones a través de los mundos de género diferente, sus vestiduras, su manto, su “ropaje”, su cuerpo, su instrumento poco – importa cómo designemos su envoltura – deberá ser siempre de la misma esencia que el ambiente en que penetre, con el fin de que le sirva de protección y recurso indispensable en el caso de que quiera tener la posibilidad de actuar de modo directo y eficaz.

Ahora bien, como el mundo de la materialidad densa depende del mundo de materialidad etérea, es obvio que todos los fenómenos que se producen en éste han de tener repercusión en aquél.

Este entorno de materialidad etérea, con sus considerables dimensiones, fue creado a partir de la simiente prima y, como tal, recorre también el ciclo eterno, resultando finalmente absorbido hacia la parte opuesta de ese gigantesco embudo del que ya he hablado, que es donde tiene lugar la descomposición, para volver a ser expulsado por el otro lado en forma de simiente prima con destino a cumplir un nuevo ciclo.

Comparado con la actividad del corazón y la circulación sanguínea, el embudo viene a ser el corazón de la Creación material. El proceso de descomposición alcanza, por consiguiente, a toda la Creación, incluyendo la parte de materialidad etérea, puesto que todo lo material vuelve a disolverse en simiente prima con el fin de desarrollarse de nuevo. En todo ello no hay ninguna acción arbitraria: todo se desarrolla, por el contrario, según la lógica evidente de las Leyes primordiales que no admiten otra posibilidad.

Por eso, en un determinado estadio del gran ciclo, ha de llegar para todo lo creado, ya sea de materialidad densa o etérea, el instante en el cual se preparará autoactivamente, a partir de lo creado, el proceso de descomposición, hasta que éste llegue finalmente a desencadenarse.

Ahora bien, ese mundo de materialidad etérea es el lugar de tránsito para los que dejan la Tierra; lo solemos llamar el más allá. Se halla íntimamente ligado al mundo de materialidad densa correspondiente, con el que constituye una unidad. En el momento de fallecer, el hombre penetra con su cuerpo de materialidad etérea – cuerpo que porta conjuntamente con su cuerpo físico – en el ambiente etéreo que le es afín y que envuelve al mundo de la materialidad densa, en tanto que su cuerpo carnal queda atrás en la Tierra.

El mundo de materialidad etérea, el más allá, como parte integrante de la Creación, se halla sometido a las mismas leyes de la evolución permanente y de la disolución. Por consiguiente, en el momento de producirse la descomposición, se efectúa nuevamente, de modo completamente natural, una separación entre lo espiritual y lo material. Según el estado espiritual del ser humano, tanto en el mundo de la materialidad densa como en el de la materialidad etérea, el hombre espiritual, es decir su verdadero “yo”, tendrá que elevarse o permanecer encadenado a la materialidad.

La sincera aspiración hacia la Verdad y la Luz hará a cada hombre, en virtud de la transformación en él efectuada, cada vez más puro espiritualmente y, por tanto, más luminoso, de suerte que esta circunstancia irá desprendiéndole, paulatinamente y por ley natural, de la materialidad más densa y elevándole más y más hacia las alturas conforme a su pureza y su grado de levedad.

Pero aquél que sólo cree en la materialidad se ata a sí mismo por su convicción y permanece encadenado a esta materia, sin poder ser impulsado hacia lo alto. La resolución personal de cada uno determina, pues, una separación entre los que aspiran a la Luz y los que permanecen ligados a las tinieblas, conforme lo determinan las existentes leyes naturales de la gravedad espiritual.

De esto resulta evidente que, dentro del proceso de purificación en el llamado más allá, la posibilidad de evolución para los que han dejado ya esta Tierra, llegará en un momento determinado definitivamente a su fin. ¡Una última decisión! Los hombres de este mundo y del otro, o bien han llegado a un grado de ennoblecimiento tal que les permite elevarse a las regiones de la Luz, o permanecerán, como consecuencia de su propia volición, cautivos en su condición inferior, hasta acabar siendo arrojados a la “condenación eterna”; es decir, serán empujados hacia la descomposición junto con la materia de la que no pueden desprenderse. Dolorosamente experimentarán tal descomposición y dejarán de existir como personalidad.

¡Serán dispersados como hojarasca llevada por el viento, reducidos a polvo y borrados del Libro de la Vida!

El llamado “Juicio Final”, es decir, el último Juicio, es también un proceso que se verifica de manera absolutamente natural bajo el efecto de las Leyes que rigen la Creación, de suerte tal que otro proceder jamás sería posible. También aquí recoge el hombre nada más que los frutos de lo que él mismo ha querido, de lo que ha provocado por su convicción.

El hecho de saber que todo lo que acontece en la Creación repercute por sí mismo conforme a la más estricta lógica, que el hilo conductor del destino del hombre es hilado siempre y exclusivamente por él mismo a partir de sus deseos y de su volición, y que el Creador no interviene como observador que castiga o recompensa, este hecho no aminora Su Grandeza, sino, al contrario, sólo puede ser motivo para considerarlo muchísimo más sublime.

Su Grandeza reside en la perfección de Su obra, y esta perfección nos obliga a elevar nuestra vista con veneración, pues todos los sucesos, tanto los más importantes como los más insignificantes, se hallan penetrados, necesariamente y sin diferencia alguna, por el más grande Amor y la más incorruptible Justicia.

¡Grande es también el hombre, emplazado como tal en la Creación y artífice de su propio destino! Merced a su voluntad, está en condiciones de elevarse por encima de la Obra y contribuir impulsándola a un mayor desarrollo. No obstante, también puede degradarla y enmarañarse en ella de tal suerte que, no pudiendo ya liberarse, marche con ella hacia la descomposición, bien sea en el mundo de la materialidad densa, como también en el de la materialidad etérea.

Liberaos, pues, de todos los lazos que os unen a los bajos sentimientos. ¡El tiempo apremia! Próxima está ya la hora en que ha de expirar el plazo concedido para ello. ¡Despertad en vosotros el anhelo hacia lo bueno, verdadero y noble! –

Muy por encima del ciclo eterno de la Creación flota en el centro, como una corona, una “Isla Azul”, la morada de los bienaventurados, de los espíritus purificados, a los que ya ha sido permitido permanecer en las regiones de la Luz. Esta Isla está separada del universo, razón por la cual no participa del ritmo cíclico, sino que, a pesar de la altura donde se encuentra con respecto a la Creación rotativa, constituye el fundamento y el punto central de las fuerzas que emanan del reino espiritual. Es la Isla que alberga en su altitud la tan celebrada “Ciudad de las calles de oro”. Nada hay en ella sometido a transformación alguna. En ella ya no hay que temer ningún “Juicio Final”. Los que en ella pueden morar se hallan en su “Patria”.

Y en los confines de esta Isla Azul, como cumbre máxima, inaccesible a los profanos, se halla … la Mansión del Grial tan cantada en los poemas.

Envuelto en leyendas, anhelado por muchos, álzase allí, en el fulgor de la suprema magnificencia, guardando el Cáliz sagrado del Amor puro del Omnipotente: El Grial.

Los espíritus más puros han sido encomendados a su custodia. Ellos son los portadores del Amor divino en su forma más pura, esencialmente diferente de lo que se imaginan los hombres de la Tierra, a pesar de experimentar sus efectos todos los días y a toda hora.

A través de las revelaciones, la noticia de la existencia de esa Mansión fue descendiendo las numerosas gradas del larguísimo camino que dista de la Isla Azul y, atravesando el mundo de la materia etérea, llegó finalmente, gracias a la alta inspiración de algunos poetas, hasta los hombres de esta Tierra en la materialidad densa. De peldaño en peldaño en su prolongado descenso, la realidad de este hecho no tardó en sufrir alteraciones involuntarias, de tal suerte que la última versión que de ella existe sólo es un reflejo harto tenue y turbio, que dio lugar a numerosos errores.

Ahora bien, cuando de una parte de la Creación se remonta hasta el Creador una súplica vehemente, motivada por un profundo sufrimiento, ocurre que un Siervo del Cáliz, Mensajero del Amor divino, es enviado, como portador de este Amor, para intervenir auxiliando en la miseria espiritual. De este modo, ¡lo que solamente existe en la obra de la Creación flotando sobre ella como un mito o una leyenda, acaba penetrando y actuando en ella vivamente!

Mas tales misiones no se realizan con frecuencia. Su presencia viene siempre acompañada de cambios radicales y de transformaciones profundas. Los Mensajeros enviados como remediadores traen Luz y Verdad a los descarriados, Paz a los desesperados. Con su Mensaje tienden la mano a todos los que buscan para ofrecerles nuevos ánimos, para conferirles nuevas fuerzas y guiarlos, a través de todas las tinieblas, hacia lo alto, hacia la Luz.

Cuando vienen, lo hacen tan sólo para aquellos que anhelan el auxilio de la Luz, mas no para los burlones y fariseos.

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Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

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Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio


12. EL PRIMER PASO

 

"Con mi palabra, os conduzco nuevamente a Dios, del que, poco a poco, os habéis alejado a causa de todos los que ponen ese pretendido saber humano por encima de la sabiduría divina.”


12. EL PRIMER PASO


DEJAD QUE MI PALABRA cobre vida en vosotros; pues esto es lo único que puede daros aquel provecho que necesitáis para que vuestro espíritu se eleve a las alturas luminosas de los eternos jardines de Dios.

¡De nada sirve conocer la Palabra! Aun cuando sepáis de memoria mi Mensaje completo, frase por frase, para instruiros e instruir a vuestro prójimo… de nada os servirá mientras no obréis de acuerdo a él, si no pensáis según el verdadero sentido de mi Palabra y organizáis en consecuencia toda vuestra vida como algo natural que lleváis en cuerpo y sangre y que no se puede separar de vosotros. Solamente así podréis sacar de mi Mensaje los valores eternos que contiene para vosotros.

“Por sus obras los conoceréis”. Estas palabras de Cristo conciernen primeramente a todos los lectores de mi Mensaje. Por sus obras quiere decir por su modo de obrar, de pensar, por sus actos de la vida cotidiana en su existencia terrenal. Vuestras palabras también forman parte de vuestro modo de obrar, y no solo vuestros actos, pues el hablar es un acto cuyos efectos habéis subestimado hasta ahora. Hasta los pensamientos mismos son parte integrante de vuestros actos.

Los hombres están acostumbrados a decir que “el pensamiento es libre”. Con esto piensan que en la Tierra nadie les puede pedir cuentas de sus pensamientos, por hallarse éstos en un plano inaccesible para las manos del hombre.

Por eso juegan, a menudo, frívolamente con sus pensamientos, o mejor dicho, juegan en pensamientos. Desgraciadamente trátase con frecuencia de un juego sumamente peligroso en la vana ilusión de que podrán salir indemnes.

Sin embargo, en esto se equivocan; pues también los pensamientos forman parte de la materialidad densa y en ella han de ser redimidos indefectiblemente antes de poder emprender su ascenso una vez que el espíritu se haya separado del cuerpo terrenal.

Por lo tanto, esforzáos, incluso con vuestros pensamientos, en vibrar siempre en armonía con el sentido de mi Mensaje, de suerte que sólo deseéis lo que es noble, y no descendáis a bajas regiones imaginándoos que nadie podrá verlo ni oírlo.

¡Los pensamientos, las palabras y los actos exteriores pertenecen todos al reino de la materia densa de esta Creación!

Los pensamientos operan en la materialidad densa sutil, las palabras en la materialidad densa media, y las acciones exteriores se constituyen en la materialidad más grave, es decir, en la más densa. Las tres clases de actividades vuestras pertenecen al dominio de la materialidad densa.

Mas resulta que las formas de estas tres clases de actividades están íntimamente ligadas entre sí, y sus efectos se encadenan mutuamente. Lo que esto significa para vosotros, el modo incisivo y muchas veces determinante en que puede influir en las peregrinaciones de vuestra existencia, no podéis concebirlo en un primer momento.

Esto quiere decir, simplemente, que un pensamiento que continúa operando autoactivamente según su naturaleza, puede reforzar a un género afín en la materialidad densa media constituyendo allí formas más vigorosas que, a su vez, y como consecuencia del vigor alcanzado, siguen operando hasta manifestarse visible y activamente en la materialidad más densa, sin que a vosotros os parezca haber intervenido directamente.

Tener noticia de esto es terrible cuando se conoce la ligereza y frivolidad del modo de pensar de los seres humanos.

De esto resulta que, sin saberlo, intervenís en numerosos actos realizados por uno cualquiera de vuestros semejantes, por el mero hecho de haber recibido éste, en la forma que acabo de explicar, un refuerzo que le hizo capaz de ejecutar en la materialidad más densa algo que hasta entonces había reposado latente en él siendo tan sólo objeto de juego en sus pensamientos.

Y es así que muchos seres humanos desaprueban con frecuencia un acto cualquiera de uno de sus contemporáneos, reprobándolo y condenándolo encolerizados, cuando, en realidad, a ellos mismos les corresponde una parte de responsabilidad ante las Leyes eternas de Dios, aunque se trate de una persona que les sea completamente desconocida y de actos que ellos mismos jamás realizarían en la materialidad más densa.

Reflexionad por una sola vez, en el profundo contenido de estos fenómenos y comprenderéis por qué os exhorto en mi Mensaje: “¡Mantened puro el hogar de vuestros pensamientos, pues así sembraréis paz y seréis felices!”

Cuando hayáis alcanzado vigor suficiente en vuestra propia purificación veréis en esta Tierra muchos menos crímenes que hasta ahora, crímenes de los cuales muchos seres humanos son cómplices sin saberlo.

El tiempo y el lugar en que posiblemente os hagáis cómplices de tales actos no importa en absoluto. Aunque se realicen en el otro extremo de la Tierra contrario al lugar donde vosotros estéis, en sitios en los que jamás hayáis puesto el pie y de cuya existencia ni siquiera tengáis noticia. Siempre reforzaréis con vuestros juegos de pensamiento todo aquello que tenga afinidad, independientemente de distancias, naciones o países.

De este modo, puede ocurrir que, con el tiempo, los pensamientos de odio y envidia se precipiten sobre cualquier individuo, sobre grupos de personas o sobre pueblos enteros – allí donde encuentren formas afines –, imponiendo la realización de actos muy distintos a los que surgieron en vosotros cuando jugabais con vuestros pensamientos.

Las repercusiones se manifiestan, entonces, en conformidad con el modo de sentir del ejecutante en el momento de la acción. Por consiguiente, vosotros podéis haber participado en la ejecución de un acto sin haber pensado jamás realmente en su horror. No obstante, la relación entre ese acto y vosotros existe, y una parte de los efectos retroactivos pasará a constituir una carga sobre vuestro espíritu que quedará adherida a él como un lastre cuando abandone el cuerpo.

Mas también inversamente podéis contribuir de modo aun más vigoroso al establecimiento de la paz y la felicidad de la humanidad. Con vuestro pensar puro y sano podéis participar en obras desarrolladas por personas completamente extrañas a vosotros.

Como es natural, refluirán bendiciones sobre vosotros y vosotros no sabréis por qué.

¡Si al menos por una vez pudieseis ver, en cada pensamiento particular que vosotros concebís, cómo se cumple constantemente en las Leyes autoactivas de esta Creación la inmutable Justicia de la Santísima Voluntad de Dios, pondríais de seguro todas vuestras energías en adquirir la pureza en vuestra forma de pensar!

Sólo así llegaréis a convertiros en aquellos seres a quienes el Creador quiere conducir benévolamente dentro de Su obra, a fin de que logren un conocimiento tal que les confiera la eternidad y les permita dentro de la Creación llegar a ser ayudantes dignos de recibir las gracias sublimes destinadas al género humano con el fin de transformarlas y transmitirlas con júbilo y agradecimiento a aquellas criaturas que solamente pueden recibirlas ya adaptadas por el hombre, y que hoy día permanecen privadas criminalmente de tal gracia a causa de la decadencia del espíritu humano tras haber surgido éstas en una época, en que la humanidad era mejor y sus irradiaciones más puras.

Pero con esto no habréis hecho más que asimilar una frase de mi Mensaje, dándole vida en vosotros.

Para vosotros esta frase es la más difícil, pero también la que hace más fácil todo lo demás. Su cumplimiento hace surgir ante vosotros un milagro tras otro, visible y tangible aquí en la Tierra. –

Sin embargo, cuando hayáis triunfado sobre vosotros mismos en este empeño, encontraréis en vuestro camino un nuevo peligro que tiene su origen en la deformación del pensamiento humano: encontraréis en todo esto un poder que querréis harto gustosos comprimir en formas bien definidas para que sirva a tal o cual fin particular constituido por deseos egoístas.

Desde ahora quiero advertiros de este peligro; pues de no superarlo puede devoraros, puede haceros sucumbir después de haber iniciado ya la marcha por el buen camino.

Guardaos muy bien, no obstante, de querer obstinadamente conquistar por la fuerza esta pureza de pensamiento; pues lo único que lograréis es comprimirla de antemano dentro de vías determinadas y conseguiréis que vuestro esfuerzo se convierta en mero malabarismo, no pasando de ser una obra forzada, artificial, que jamás podrá producir los grandes efectos que debe producir. Vuestros bríos sólo causarían daño en lugar de beneficio por faltarles la autenticidad de la libre intuición. Una vez más serían producto de vuestra volición intelectual, pero nunca expresión de la labor de vuestro espíritu. De esto os advierto.

Pensad en la Palabra de mi Mensaje que os dice que todo lo verdaderamente grande sólo puede residir en la sencillez; pues lo realmente grande simplemente es. La sencillez a la que yo me refiero os resultará seguramente más comprensible si colocáis en su lugar, a título de transición, el concepto humano y terrenal de la modestia. Este concepto se acerca quizás más a vuestra facultad de comprensión y así acertáis con lo justo.

Mas con una volición nacida de la reflexión intelectual no podréis dar a vuestros pensamientos esa pureza a la que me refiero. Es preciso que surja en vosotros, con sencillez y sin limitaciones, la volición más pura, emanada de vuestra intuición, sin ser comprimida en palabras que pueden tan sólo dar lugar a un concepto restringido. Esto no debe ocurrir. Lo justo y necesario para vosotros es una aspiración ilimitada hacia el bien, capaz de penetrar y envolver el origen de vuestros pensamientos antes de que hayan tomado forma.

Esto no es difícil; es incluso mucho más fácil que las otras tentativas, siempre y cuando os dejéis guiar por la sencillez, ya que en ella no puede tener cabida la presunción que el intelecto posee de su propio saber y su propio poder. Desalojad vuestra mente de pensamientos y dejad que surja libremente en vosotros la aspiración de lo noble y lo bueno; sólo así tendrá vuestro pensamiento aquella base nacida de la volición de vuestro espíritu. El resultado podréis confiárselo con toda tranquilidad al intelecto para que se encargue de su ejecución en el plano de la materialidad más densa. No podrá formarse así nada que sea injusto.

Alejad de vosotros todos los tormentos surgidos de vuestros pensamientos y confiad en vuestro espíritu; pues, a menos que vosotros mismos levantéis ante él una muralla, el espíritu sabrá abrirse camino por la senda justa. Devenir libres de espíritu no significa otra cosa que dejar dentro de vosotros el camino libre al espíritu. Éste no puede más que encaminarse hacia las alturas, ya que su propia especie le induce a ello. Hasta ahora lo habéis tenido confinado, privándole de la posibilidad de desarrollarse; le habéis atado las alas impidiendo su vuelo.

La base para la edificación de una nueva humanidad, base que vosotros no debéis ni podréis evadir, la constituye esta sola frase: “¡Mantened puro el hogar de vuestros pensamientos!”

¡Con esto tiene que comenzar el hombre! Éste es su primer deber, que hará de él lo que debe llegar a ser: un ejemplo para todos aquellos que aspiran a alcanzar la Luz y la Verdad, para todos los que, agradecidos, quieran servir al Creador con la plenitud de su ser. Quienquiera que realice esto no necesitará más directrices. Será como debe ser, y, como tal, recibirá en abundancia todas las ayudas que están a su espera en la Creación para conducirle, sin interrupción, hacia las alturas.

* * *





Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

* * *

Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio

11. CASTIDAD

 

“Con mi palabra, os conduzco nuevamente a Dios, del que, poco a poco os habéis alejado, a causa de todos los que ponen ese pretendido saber humano por encima de la sabiduría divina.”


11. CASTIDAD

LOS SERES HUMANOS han restringido increíblemente el concepto de la castidad hasta tal punto que ya no queda absolutamente nada de su verdadero significado. Encaminado incluso por sendas erróneas, su deformación ha traído, como natural consecuencia, una opresión inútil sobre muchas personas y aun, muy frecuentemente, indecible sufrimiento.

Preguntad donde queráis qué es castidad y en todas partes obtendréis como respuesta el concepto de la virginidad corporal aclarado de uno u otro modo; en todo caso, en tal concepto culmina la idea que de ella tiene la humanidad.

Esto manifiesta, ya de por sí, plenamente la estrecha mentalidad de los seres humanos que se subyugan al intelecto, siendo éste el que ha fijado los limites de todo lo terreno, ya que sus facultades nacidas de lo terrenal no le permiten alcanzar un nivel superior.

Cuán más fácil no sería, entonces, para el hombre, pasar por casto y crearse una reputación como tal pavoneándose en su vana fatuidad. Pero con semejante actitud no conseguirá dar un solo paso ascendente por el camino que conduce a los Jardines luminosos, al Paraíso, que es la meta bienaventurada del espíritu humano.

De nada le sirve al hombre conservar virgen su cuerpo físico si mancilla su espíritu, pues así no logrará jamás franquear los umbrales que de forma escalonada conducen hacia las alturas.

La castidad es muy distinta de lo que los hombres se imaginan, más global, mayor, y no implica oposición a la naturaleza; pues esto sería contravenir las leyes que vibran en la Creación de Dios, lo cual no puede quedar sin repercusiones perjudiciales.

La castidad es el concepto terrenal de la Pureza, que es divina. Estará todo espíritu humano la aspiración de concretar en la materialidad densa el presentido reflejo de algo que, en lo divino, es evidente. La Pureza es divina. La castidad es su imitación por el espíritu humano, esto es, una imagen espiritual que puede y debe hacerse visible en la actividad terrenal.

A todo espíritu humano ya maduro debería bastarle esto como ley fundamental para ejercer la castidad. Mas aquí en la Tierra, impulsado por no pocos deseos egoístas y con el único fin de satisfacerlos, el hombre se inclina a engañarse a sí mismo imaginándose poseer ciertas cosas que en realidad no existen absolutamente en su interior.

¡El egoísmo toma el mando y paraliza su volición verdaderamente pura! El hombre jamás se lo confesará a sí mismo, al contrario, seguirá dejándose engañar tranquilamente. Y al no saber como justificarse, califica de inevitable sumisión al destino lo que con frecuencia es, a todas luces, un afán de satisfacer los más reprensibles deseos egoístas.

He aquí por qué necesita otras indicaciones que, como línea de conducta y base de apoyo, le permitan reconocer y experimentar vivamente lo que es en realidad la castidad tal y como reside en la Voluntad divina, que no quiere que en la Tierra nada se separe de la naturaleza.

¡En lo Divino, la Pureza se halla íntimamente ligada al Amor! Por eso aquí, en la Tierra, el hombre no debe intentar separar estos dos conceptos, si es que han de traerle bendiciones.

Mas resulta que también el amor en la Tierra no es otra cosa que una maléfica caricatura de lo que es en realidad. Por eso no puede unirse, sin una modificación previa, al verdadero concepto de la Pureza.

A todos los que aspiran a adquirir castidad dirijo la siguiente sugerencia, que proporciona la base de apoyo que el hombre necesita en la Tierra para vivir conforme a la ley de la Creación y, por lo tanto, para ser grato a Dios:

“Aquél que en todos sus actos tenga siempre en cuenta no causar daño y no emprender nada que más tarde pueda afligir al prójimo que confía en él, obrará siempre de tal suerte que su espíritu permanecerá libre de toda carga, mereciendo entonces realmente el calificativo de casto”.

Estas simples palabras, bien comprendidas, pueden guiar al hombre a través de toda la Creación salvaguardándolo y conduciéndolo hacia las alturas de los Jardines luminosos, que son su verdadera patria. Estas palabras son la llave para actuar de manera justa en la Tierra; pues en ellas reside la verdadera castidad.

Jesús, el Hijo de Dios, ha expresado exactamente lo mismo con otras palabras:

“¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”.

Mas guardaos muy bien de caer en los antiguos errores humanos, acomodando a vuestro gusto el sentido de las palabras y deformándolas parcialmente para que sirvan a vuestros intereses egoístas, os tranquilicen cuando obréis falsamente y os ayuden a adormecer a vuestros semejantes en su indolencia o incluso a engañarlos.

Interpretad estas palabras como realmente deben ser interpretadas y no del modo que os parezca más cómodo y más conveniente para vuestros fines personales. Entonces se transformarán en espada afiladísima puesta en vuestra mano, con la cual podréis vencer las tinieblas, si tal es vuestra voluntad. Dejad que estas palabras cobren vida en vosotros de manera justa a fin de abarcar la vida en la Tierra como vencedores colmados de júbilo y agradecimiento.

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Esta conferencia fue extractada de:

EN LA LUZ DE LA VERDAD

MENSAJE DEL GRIAL

por Abd-ru-shin

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Traducido de la edición original en alemán: Im lichte der

Wahrheit – Gralsbotschaft. Esta obra está disponible en 15 idiomas:

español, inglés, francés, italiano, portugués, holandés, ruso, rumano, checo, eslovaco, polaco, húngaro, árabe y estonio

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